Crítica por Rafael Squirru:

Abordar el tema del caballo no es como abordar el de un animal cualquiera. Requiere vocación y pericia especiales. Tan es así que nada menos que Miguel Ángel le rehuyó siempre al tema del caballo, a diferencia de Leonardo, que nos dejó la escultura gigantesca del caballo proyectada para un monumento de Ludovico Sforza. El caballo parece desde sus comienzos ligado al destino de nuestra especie, no sólo como compañía en este mundo sino también en el del más allá. Ya en épocas homéricas, Aquiles sacrifica cuatro yeguas sobre el cadáver de Patroclo para que lo guíen en su viaje al Hades, costumbre que también tenían los caciques araucanos, que a su muerte, les eran sacrificados los mejores pingos.
Ignacio Solá conoce, como le gustaría a Leonardo, al caballo desde un punto de vista científico a la vez que artístico. Sus conocimientos anatómicos del animal regalan nuestra vista por la precisión de formas y pelajes, este último tema que ha inspirado libros como el de Solanet. Martín Fierro también nos habla en términos entusiastas cuando, después de rescatar a la cautiva, toma el caballo del indio y nos dice:


“Me senté al del pampa
era no oscuro tapao
cuando me veo bien montao
de mis casillas me salgo:
era pingo como galgo
que sabía correr boleao.”


Es este tipo de entusiasmo el que detecto en las pinturas de Solá, por su conocimiento completo del animal, y porque lo emplaza, ya que a menudo son varios los caballos que aparecen en sus pinturas — en un paisaje que, de algún modo, exalta aún más la belleza del animal. Para concretar estos logros, hace falta la dedicación tesonera del artista y también eso que llamamos inspiración, en la que no creen quienes no la tienen.
Para mí, es un placer poder brindarle mi respeto y admiración a este singular creador que hasta ahora no conocía. Ya sea en escenas camperas de tropillas, en carreras de hipódromo o jugando al polo, Solá ha captado en todas las instancias los movimientos de este excepcional compañero del género humano.

Rafael Squirru